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Informe Especial. Se concreta un golpe cada cuatro horas. Es decir, entre 5 y 6 por día. Crítica de la Argentina revela cómo operan los grupos delictivos que los llevan a cabo. Sospechas de vínculos con la policía.
Hacía dos meses que Juan José Sevilla se había comprado su último chiche: una camioneta Dodge Ram blanca cero kilómetro. En el garaje de su casa, a medio terminar, de Ciudad Evita, guardaba un Mini Cooper y un BMW. También tenía varias motos de alta cilindrada. De su cuello colgaban
más de cuatro cadenas de oro gruesas como un dedo meñique. Su muñeca brillaba con un Rolex de oro macizo. Ningún familiar sabía de dónde sacaba la plata.
El martes 9 de febrero la policía encontró dos hombres muertos a balazos arriba de una camioneta Dodge Ram negra 4x4, estacionada en un barrio de Castelar. Uno era Sevilla, el otro Jorge Coquean. Los dos tenían antecedentes penales por robo calificado y tenencia de arma de guerra. Los dos formaban parte de una banda de piratas del asfalto. Sevilla tenía un alto cargo dentro de la organización. La masacre fue un ajuste de cuentas: se quedaron con un vuelto. Los asesinos eran de su plena confianza; Sevilla no hizo a tiempo de sacar la nueve milímetros que escondía en la cintura; no disparó ni una bala de las doce que tenía en el cargador.
Eso explica de dónde salían los billetes: un jefe de una banda de piratas del asfalto puede facturar hasta medio millón de pesos mensuales.
Héctor Foresi, tesorero y titular del área “piratería del asfalto” de la Federación Argentina de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas (Fadeeac), que representa al 70% de las empresas de camiones del país, dice que en los últimos dos meses se duplicó la cantidad de robos a camiones en tránsito. Por día entre 5 a 6 camiones son asaltados. Es decir, cada cuatro horas una banda de piratas del asfalto concreta un golpe. Las cargas superan los 50 mil dólares. Las preferidas son: electrodomésticos, medicamentos, materiales de construcción y alimentos.
“¡No cualquiera es pirata del asfalto!”, dice un comisario del conurbano bonaerense.
“Son bandas con estructuras celulares: los integrantes no se conocen entre sí y nadie conoce al jefe. Estas organizaciones las tienen los narcos y los grupos terroristas. Los buenos piratas le dejan plata a los camioneros para que vuelvan a su casa en taxi”, dice otro jefe de la policía provincial.
“Los piratas del asfalto no descansan. El año pasado entre noviembre y diciembre todos los días teníamos más de un robo. No dábamos abasto. Algunos dicen que se fueron de vacaciones en enero y ahora están volviendo. La jefatura de la provincia que tenemos en este momento está poniendo los ojos sobre esta problemática porque desestabiliza la economía”, afirma el comisario retirado José María Riera, dueño de una empresa de seguridad privada que combate a los piratas en los caminos vecinales de la localidad bonaerense de Exaltación de la Cruz.
Para Eduardo Poverene, director ejecutivo de la Cámara Empresaria de Operadores Logísticos (CEDOL), el delito se federalizó. “Desde hace un año se nota un crecimiento en Capital y las provincias del interior. Antes atacaban en el radio del conurbano bonaerense hasta La Plata y entre Luján, Zárate y Campana. Las bandas tienen mucha tecnología y nunca trabajan solos”.
El viernes pasado cayó una banda liderada por un policía bonaerense. En los allamientos en Salto y Pergamino la policía secuestró armas cortas y largas: una escopeta calibre 12/70, una escopeta calibre 16, una carabina con mira telescópica y silenciador, un revólver calibre 22 corto, un revólver 22 largo, un pistola 9 mm y un revólver calibre 32.
PIRATAS S.A. “Quedan pocos chorros con los códigos de antes: los piratas son uno de ellos”, describe un jefe de calle del conurbano.
Las bandas de piratas del asfalto tienen una estructura celular y una logística casi perfecta:
Los jefes tranquilamente pueden pasar como accionistas de bolsa: tipos bien vestidos con gustos refinados, dueños de camionetas importadas. Por general viven en countries. Sus familias desconocen totalmente la actividad. Tienen más de un apodo y entre 20 y 30 chips diferentes de teléfonos celulares que cambian constantemente.
El jefe se queda con el 50% de la ganancia, la otra mitad se reparte entre los miembros de la organización.
Las bandas están preparadas: con inhibidores de última generación de fabricación israelí, estadounidense o nacional que cortan al instante la transmisión del GPS satelital del camión.
Usan chalecos antibalas y armas de grueso calibre.
Tienen el recorrido exacto de los camiones. “Esa información la obtienen por buches en aduana, en las fábricas o por los mismos camioneros. También hay policías metidos en este negocio”, dice una fuente policial. “Son pícaros. Conocen las leyes mejor la propia justicia. Son ladrones de guante blanco. Si bajan dos camiones con buena carga pueden llegar a ganar 500 mil pesos”.
El jefe tiene su hombre de confianza, en la jerga se lo llama “contacto directo” o “el contador de la mafia”. El contacto directo es el encargado de contratar a “los soldados”. Son jóvenes de entre 20 a 24 años. La policía los tiene bien identificados: usan pelo bien corto, cadenas y anillos de oro y mirada profunda. Para un golpe el número de soldados ronda entre las cinco o las seis personas. Los autos que usan para los golpes son de alta gama y con patentes cambiadas.
Por último está el “aguantadero”. Después de concretar el robo la banda guarda la mercadería en un galpón. El dueño del lugar es el que menos cobra–20 mil pesos–.
“Después del asalto, dejan el botín quieto hasta que se aplaque el movimiento policial”, dice una fuente que conoce desde adentro a las organizaciones.
El jefe tiene un “ladero fijo”. El único contacto que tienen es por teléfono. El ladero es el cliente, pueden ser mayoristas de ropa, dueños de supermercados.
“Tengo un camión que me sobró: ¿Te lo mando?”. Así es el contacto. Las bandas que tienen su propia flota de camiones cargan la mercadería, hacen un remito falso por las dudas que la policía los pare y descargan el pedido en el lugar indicado por el cliente.
“Los piratas en un 100% roban a pedido. El círculo es perfecto. Tienen una logística impresionante. Son tipos que saben lo que hacen”, explica Foresi.
Por otra parte, admite la propia policía, los piratas aún guardan los códigos del hampa. El que “levanta cueros” no se mete con los que roban electrodomésticos. Tampoco se mezclan con el negocio de la droga.
“Sólo consumen falopa después, para festejar el golpe”, dice un hombre que conoce a las bandas.
PIRATAS EN ACCION “¡Flaco no te hagas el héroe!”
Eso fue lo que escuchó Leandro. Llevaba las ventanillas bajas de su camión Mercedes Benz. Eran las cinco y media de la mañana en Villa Rosa. Iba lento porque recién había pasado una loma de burro.
Cuando miró a su costado vio a un hombre de unos cuarenta años, sentado en el asiento del acompañante de un Fiat Siena blanco que le apuntaba con una pistola.
Con una agilidad felina, dos hombres se bajaron del auto y se subieron a su camión que dejó de emitir señal del GPS satelital. Los piratas lo habían inhibido con su tecnología.
–Manejá cómo siempre, flaco. Ya está, perdiste- le ordenó uno de los dos piratas que se subieron al camión apuntándole con la 9 milímetros.
Leandro obedeció en silencio. Cuando llegaron a Castelar, lo obligaron a bajarse del camión. Le dieron sus cosas: el bolso de mano dónde guardaba las fotos de sus hijos y lo acostaron en el asiento de atrás del Siena. Unos minutos después dejó de escuchar el ruido del caño de escape libre de su camión.
Un pibe de 20 años agarró el volante del Mercedes. “Parecía un gringo: rubio, rapadito y con gorrita”, recuerda Leandro.
–¿Tenés hambre flaco o ganas de mear?– le preguntó el chofer del Siena.
Leandro a todo decía que no. Tres horas después lo soltaron en Puente 12 y colectora.
–¿Tenés plata para volverse a su casa?.
–Sí, gracias– contestó el camionero.
El camión, que cuesta unos 500 mil pesos, con 240 mil kilómetros, aire acondicionado, GPS satelital, nunca apareció. “Sabían lo que hacían. El tipo de la pistola nunca titubeó. Tenía más pinta de cana que de chorro”, dice Leandro.
El Cebolla, un dandy con mal final
A José Antonio Sevilla lo conocían como “Cebolla”. De chico, en Laferrère, hacía llorar a las nenas por su facha.
Tenía 36 años y tres hijos con mujeres diferentes. En su Mini Cooper le gustaba escuchar cumbia romántica o reguetón. No salía de su casa sin su nueve milímetros en la cintura. El oro lo fascinaba. Cuando la policía encontró su cuerpo quedó obnubilada: en cada uno de sus dedos tenía un anillo con rubíes engarzados. En la jerga del hampa eso significa “mostrar brillo para impresionar”.
Él decía que era dueño de una empresa de transporte que llevaba su apellido. Según un familiar, José trabajó muchos años como escenógrafo en Telefe.
A José lo velaron a cajón abierto, en sus manos no tenía ni un anillo y de su cuello no colgaban las cadenas. Según sus familiares, nunca les devolvieron los oros.
FUENTE: WWW.CRITICADIGITAL.COM.AR (BUENOS AIRES) - POR CANDELARIA SCHAMUN
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